No es el fin del mundo, pero tenemos que prepararnos para una emergencia sanitaria. Vienen días en los que tendremos que poner a prueba nuestro civismo.

Empecemos por los hechos. Estamos en el principio de una pandemia por un coronavirus nuevo que causa la enfermedad Covid-19 (por sus siglas en inglés). Muchos millones de personas se infectarán. La mayor parte no tendrá síntomas o solo síntomas de resfriado común. Una minoría necesitará ingresar en un hospital. Probablemente, menos del 1% morirá. Como sucede con la gripe estacional, los ancianos y personas con enfermedades crónicas tienen un mayor riesgo. Sin embargo, este coronavirus es claramente más letal que el virus de la gripe estacional.

Como en toda epidemia, el objetivo inicial fue la contención, algo que ya parece inviable: más de 100 países han reportado Covid-19 y los números siguen creciendo, especialmente en Europa y Estados Unidos. De hecho, cuantas más pruebas diagnósticas se hacen, más casos emergen. El virus está transmitiéndose entre la población. Cada vez que damos la mano a alguien o tocamos el pomo de una puerta somos potenciales eslabones en la cadena de transmisión.

El objetivo actual ya no es prevenir que la gente se infecte, sino prevenir que se infecten demasiado rápido. No se trata de detener una pandemia imparable sino de ralentizarla para evitar la saturación del sistema sanitario. Es posible que no podamos evitar un millón de infecciones, pero debemos evitar que ese millón de infecciones ocurran de forma masiva en las próximas semanas. Un goteo continuo de casos graves está creando problemas en los hospitales; una riada sería catastrófica. Nuestro futuro está viéndose actualmente en Italia: hospitales desbordados, UVIs improvisadas en los pasillos, personal sanitario al borde de la extenuación y con múltiples bajas por infección, llamadas desesperadas a médicos jubilados para unirse a la lucha…

El objetivo es aplanar la curva epidémica para impedir un pico de casos que deje a miles de pacientes sin recibir atención sanitaria adecuada. Ganar tiempo para que los pacientes actualmente ingresados vayan volviendo a casa y dejando sitio a los futuros. Pero el tiempo de actuar con éxito se nos acaba. España ya ha reportado más de 1.600 casos. Italia, con una población mayor, alcanzó ese punto hace solo 9 días. Para reducir la transmisión necesitamos implementar medidas temporales de distanciamiento social: evitar aglomeraciones, cancelar manifestaciones y otras actividades públicas (grandes conciertos, servicios religiosos, reuniones científicas…), mantener a los más vulnerables fuera de la calle, facilitar el teletrabajo y, como ya se ha empezado a hacer, suspender clases en colegios y universidades. Hay que tomar estas medidas drásticas para asegurar que miles de pacientes puedan recibir atención sanitaria adecuada.

Los ciudadanos deben entender que su participación es clave para que el distanciamiento social funcione. Cada uno de nosotros podemos complementar estas medidas con pequeñas cosas: lavarse las manos con jabón varias veces al día, limpiar frecuentemente las superficies expuestas, toser en el interior del codo, mantener las manos fuera de nariz, ojos y boca… Durante las próximas semanas, no dar la mano a alguien no será una falta de educación sino un signo de responsabilidad cívica. Cada beso en la mejilla a nuestra amiga puede convertirse, de rebote, en el beso de la muerte para su anciana madre.

Las medidas de distanciamiento social tendrán un enorme impacto económico y personal. Pero la alternativa es peor.

Miguel A. Hernán es catedrático de Epidemiología de la Universidad de Harvard y Santiago Moreno es jefe de servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital U. Ramón y Cajal.