Grimes en un actuación en Sídney.  Foto: Getty
Grimes en un representación en Sídney. Foto: GettyZak Kaczmarek

“Si hay poco que no puedo soportar es a la masa que se califica de loca a sí misma. Los auténticos locos lo están porque no ven nadie malo en su conducta. Van a la suya, incendiando edificios públicos y defecando en sartenes, sin tener la último sospecha de que lo que hacen se sale de lo que el resto de la sociedad entiende como corriente. Estos son los locos; los que se llaman a sí mismos locos, no están locos, solo son gilipollas”. Esta cita del escritor David Sedaris sacada de Cíclopes (2002) resume conveniente adecuadamente lo que es Grimes hoy y, por consecuencia, lo que es este, su botellín amplio. Grimes está convencida de estar loca, de que hace una música la mar de loca. Pero no es así. Ya no. De hecho, este Miss Anthropocene solo funciona cuando la intérprete, en vez de intentar defecar en una paila, la pone al fuego y negociación de cocinar poco.

Claire Boucher, el nombre vivo de esta canadiense de 31 abriles, padece el síndrome del intérprete que una vez fue reformador, y que por perra o inercia sigue siendo calificado de tal, haga lo que haga. Su precursor amplio, Art angels (1997), era una maravilla de electropop flamante, a medio camino entre lo conocido y lo que uno quia pensó que llegaría a conocer. Entre la esencia de una intérprete empírico y sus ganas de satisfacer. Pero de satisfacer llegando a un pacto con el escucha, una negociación en la que creador y notorio ceden poco en aras de alcanzar un acuerdo que satisfaga a ambas partes. Casi nadie de esto sucede en este Miss Anthropocene.

El puesta en marcha es desconcertante. So heavy I fell through the Earth suena un poco a facción sonora de documental de National Geographic y otro poco a Massive Attack calentando antiguamente de salir y tocar alguna canción. Al final, el tema funciona y te envuelve en una ámbito ensoñadora, en la que se mezclan imágenes de raves noventeras y tribus africanas. Sin decisión de continuidad, Grimes pasa a despachar una especie de ópera rock con dejes orientales que remite sin conseguir alcanzar la excelencia a la Madonna de Madame X.

En Delete forever muta en la Madonna que aprendió a tocar la guitarra acústica en la época en que se puso de moda entre los modernos el banjo. 4AEM se mueve poco torpe entre Enya y Le Tigre. En cambio, My name is dark es un tema de electrop metido en una lavadora que está centrifugando. Y sale hecha un pincel. IDORU, que cierra el disco, tal vez sea el momento más Art angels del disco, ese tema que no necesita silbar que está alienado para que le hagan caso, ese tema que no insiste en convencernos de que es empírico sirviéndose de los mismos argumentos de hace casi una término. La mente creativa de Grimes ya no es una autopista con destino a el futuro, es una rotonda.