“¿Tres noches en una habitación doble, verdad? Se puede cancelar, sí, sin gastos. No hay ningún problema, gracias”. El recepcionista del Hotel Petit Palace del centro de Valencia se despide en italiano del malogrado cliente, cuelga el teléfono y comenta con una sonrisa triste: “Esto está siendo una locura”.

La ola de pesimismo que barre el sector turístico es especialmente alta en la ciudad desde el martes por la noche, cuando el presidente de la Generalitat valenciana, Ximo Puig, anunció el aplazamiento indefinido de las Fallas dentro del paquete de medidas que las Administraciones están adoptando para intentar frenar o al menos ralentizar la velocidad de propagación de la epidemia del coronavirus.

“El impacto va a ser muy grande, brutal. Para Valencia las Fallas son el equivalente al Mobile en Barcelona, o incluso más. Muchos hoteles de la ciudad compensan con las Fallas los meses de enero y febrero, y esto va a ser un golpe a la línea de flotación de su rentabilidad. Algunos tendrán que cerrar temporalmente. Nuestra esperanza es que la situación pueda mejorar relativamente rápido”, afirma Antoni Mayor, presidente de la patronal hotelera de la Comunidad Valenciana Hosbec.

“El 80% de los pedidos que tenía hoy han saltado por los aires. Y quien todavía los quiere, en vez de 20 cajas se queda con dos. Acabo de hablar con un cliente y me ha dicho que hoy va a despedir a ocho», dice Pablo López, que trabaja en una distribuidora de cervezas y tiene el camión aparcado delante de la Iglesia de Sant Joan. «Nadie discute que la medida tenía que tomarse, pero muchos viven de las Fallas todo el año, y las pérdidas van a ser millonarias. Va a ser una ruina”, añade.

El negocio turístico, que en los últimos años ha sido uno de los más prósperos de la ciudad, ya venía acusando la crisis sanitaria y sobre todo la caída de visitantes italianos. Su llegada se ha reducido en las últimas semanas y, desde este martes, España no acepta vuelos procedentes del país transalpino. En 2019, los italianos fueron los visitantes extranjeros que más visitaron Valencia (representaron el 19% del total).

El miedo crece especialmente entre los camareros. “Ayer, cuando todavía había mascletà, una vez acabó la gente ya no se quedó a tomar algo. Se fue cada uno a su casa para evitar el contacto. Los trabajadores estamos preocupados porque si la empresa no genera es posible que nos afecte. Se está hablando de que igual nos envían de vacaciones”, comenta Keny, camarero del bar restaurante Pintxo y Trago, en la plaza Redonda de Valencia, mientras se frota las manos con un gel desinfectante que guarda detrás de la barra.

Una parte de los dueños de puestos del Mercado Central de Valencia se quejan desde hace años de que las aglomeraciones de turistas se han convertido en un problema, porque la mayoría de ellos no se detienen en sus tiendas y, sospechan, su número ahuyenta a la clientela local. El problema, este miércoles, había desaparecido, constataba Cecilia, encargada de una parada de horchata: “El mercado está vacío. No solo los de fuera, los de aquí también se han retraído. De momento las tiendas están guardando el género, pero eso se puede hacer durante un tiempo”.

Tres empleados se miran en la recepción de la Lonja, monumento del gótico civil declarado Patrimonio Humanidad de la Unesco y el punto por el que pasan casi todos los turistas que visitan el distrito de Ciutat Vella. Ante la taquilla donde normalmente hay que esperar hoy no hay nadie haciendo cola. “Las visitas han caído mucho ya estos días, por lo menos un 50%”, admiten.

Apoyado en su taxi, el último de una larga fila ante El Corte Inglés de la calle Don Juan de Austria, Cristian Muñoz, remata: “A nosotros lo de las Fallas nos ha hecho polvo, y en realidad estamos mal desde hace días, porque no hay turismo y la gente coge menos el taxi”.

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