El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, durante una cumbre en Bruselas, el mes pasado.
El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, durante una cumbre en Bruselas, el mes pasado.POOL (Reuters)

Los gestos han sido constantes. El primer viaje fuera de la UE de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, una semana después de asumir el cargo en diciembre, tuvo como destino Addis Abeba. La capital etíope fue también testigo del aterrizaje de una veintena de comisarios liderados por la política alemana para un encuentro con la Unión Africana hace dos semanas. Y cuando la crisis del coronavirus empezó a hacer estragos, Bruselas dedicó una pequeña partida de 15 millones de euros para apoyar los exámenes médicos en la región. Los Veintisiete, conscientes de la pujanza demográfica y, en ciertos casos, económica, del continente africano, buscan una relación más estrecha en un momento en que China asienta su influencia financiando infraestructuras a bajo interés y apuntalando los lazos militares. La hoja de ruta para la nueva relación UE-África, presentada este lunes en la capital comunitaria, abarca cinco puntos: transición verde, digitalización, crecimiento económico, paz y gobernanza e inmigración y movilidad.

La UE vuelve la mirada hacia el sur en plena crisis del multilateralismo, con el tradicional socio estadounidense convertido en un actor imprevisible desde la victoria del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y recelosa del creciente poderío chino. El objetivo es pasar de los gestos a la materialización de una alianza que sustituya a la de 2007. “Se concibió en un escenario muy distinto. El mundo ha cambiado”, justificaba este lunes la comisaria de Cooperación Internacional, Jutta Urpilainen. La política finlandesa no ocultó que uno de los motivos que han empujado a la UE a dar el paso es la “competencia geopolítica entre potencias”.

Europa es, con diferencia, el primer inversor mundial en África con 222.000 millones de euros, cinco veces más que China (42.000), y EE UU (38.000). También lidera el tráfico de mercancías —los intercambios suman 235.000 millones frente a los 125.000 de China y los 46.000 de EE UU—. Pero la realidad es que mientras Pekín toma posiciones más deprisa gracias al incesante fluir de sus créditos, la agenda UE-África sigue opacada por el problema migratorio. “Uno de los esfuerzos que estamos haciendo es no ver a África solo desde el prisma de la migración. Por desgracia, la sociedad europea lo ve desde esa óptica, como si fuera el único problema”, lamentaba el alto representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell.

La intención es ir hacia una relación de igual a igual en la que el club comunitario no contemple el dinero rumbo a África únicamente como el coste de taponar la inmigración irregular —las mayores oleadas migratorias de los últimos años provienen de la guerra en Siria—. Un riesgo cada vez mayor ante el despertar populista en los Veintisiete. También que la UE logre convertirse en algo más que un banco al que los países africanos acuden en busca de ayuda humanitaria y pueda propiciar mejoras en derechos humanos, gobernanza o lucha contra el cambio climático. “No podemos dar la imagen del buen samaritano que hace regalos y no entra en lo político”, insistió Borrell.

Para que no se quede en una mera declaración de intenciones, ambas partes mantendrán durante los próximos meses varias reuniones, y realizarán diversas consultas con organizaciones de la sociedad civil con vistas a firmar una declaración conjunta en la cumbre que se celebrará en octubre en Bruselas. “Nuestro crecimiento y seguridad dependen de lo que ocurre en África quizá más que de cualquier otra parte del mundo”, aseguró el jefe de la diplomacia europea. El boom demográfico que auguran las estadísticas avala buena parte de ese planteamiento: el 60% de la población africana tiene menos de 20 años, y se calcula que en los próximos 15 años se incorporarán al mercado laboral 375 millones de jóvenes.

Los términos finales del acuerdo están todavía por definir, pero el primer documento traslada prioridades comunitarias a suelo africano. La UE quiere exportar su modelo de transición hacia una economía respetuosa con el medio ambiente —uno de los programas bandera del actual Ejecutivo— a África, donde ya participa de numerosos proyectos de energías renovables. Y ve la digitalización como una palanca de desarrollo de la que se acabaría beneficiando colateralmente. Los números de Bruselas dicen que cada 10% de aumento de la cobertura digital suponen un crecimiento del 1% del PIB africano. Y ve con buenos ojos su aspiración de construir un mercado único digital. Eso sin descuidar otros flancos de la relación tradicional como la lucha contra el terrorismo en el Sahel o la cooperación al desarrollo.