Dos vecinos del poblado 
pesquero de Uummannaq.
Dos vecinos del poblado
pesquero de Uummannaq.
ENRIQUE MOYA

A principios de marzo, cuando la crisis mundial del coronavirus estalló en Europa, en los asentamientos pesqueros del fiordo de Uummannaq, al noroeste de Groenlandia, se generó una notable alarma: un grupo de cinco “italianos” andaban por la zona. Los “italianos” habían llegado a la colonia pesquera de Ikerasak, a tiro de piedra del casquete de hielo polar de Groenlandia. Un expedicionario local les había alquilado la casita de un cazador inuit, quien sería al mismo tiempo anfitrión del grupo. Pero los aldeanos protestaron por su presencia en el asentamiento y el anfitrión se negó a cumplir con su parte del trato. Siendo ya tarde, ¿hacia qué otro lugar podrían haber ido?

La negación de auxilio a cinco europeos habría sido desastrosa para la imagen de una Groenlandia que aspira a ser algo más que una colonia de Dinamarca. A última hora llegó ayuda: la Casa Hogar para Niños de Uummannaq, a 35 kilómetros de Ikerasak, les permitió usar una vivienda sin calefacción para que pasaran la noche. De no haber ocurrido este salvamento in extremis, no habrían podido sobrevivir a la aguda hipotermia que genera estar a la intemperie con temperaturas que rondan los -20° y -30°. Por cierto, los “italianos” no eran italianos: eran cinco israelíes con ganas de aventura.

En Ilulissat hay letreros de rechazo al extranjero: la frase Turists Go Home ha aparecido en el vocabulario popular. Ilulissat es la población más turística de Groenlandia en verano, así que tendría que estar acostumbrada a ver forasteros por sus calles y tratarlos mejor. En la Perla del Ártico, Uummannaq, donde resulta raro ver aventureros en invierno, las cosas no son mejores. En una tienda de ropa, un aviso advierte en tres idiomas: “Turistas, lean esto: no entre a esta tienda”.

El Uummannaq Polar Institute y la Children’s Home cancelaron los proyectos. Ambas instituciones, que apoyan investigaciones de diversas entidades científicas, pedagógicas o divulgativas internacionales, echaron el cierre por el nerviosismo del pueblo, dejando varados a algunos investigadores, educadores y expedicionarios polares que continúan en Copenhague.

En otros asentamientos remotos de esta región como Quarssut, Saattut, Ukkusissat y Niaqornat, la crisis se vive como si Groenlandia fuera una provincia italiana o española. Las actividades escolares, suspendidas; la oficina municipal, cerrada hasta nuevo aviso. En las tiendas de víveres y artículos de caza y pesca atienden a los clientes con guantes y, ante la presencia de un foráneo, se echan para atrás sin disimulo.

Los helipuertos de los territorios del norte están cerrados sin excepción, salvo para los vuelos que traen provisiones y correo. Incluso la gente de las poblaciones del sur tiene vetada la entrada al norte remoto.

El coronavirus entró en Groenlandia con 11 contaminados (locales que ya están fuera de peligro), todos en Nuuk. La cifra permanece estable, pero las autoridades son conscientes de lo grave que sería la expansión del virus hacia los asentamientos pesqueros y de cazadores por encima del paralelo 70, pues el único hospital del noroeste (un dispensario rural) no está preparado de ninguna manera para hacer frente a esta pandemia.

Resultaba difícil imaginar que una enfermedad generara una alarma social de tal magnitud en esta isla de roca y hielo. Y que un pueblo, el inuit, cuya tarjeta de presentación es la discreción y la hospitalidad, nos recordara, por momentos, actitudes humanas poco ejemplares.

Un pescador local ofrece esta explicación a modo de disculpa: “Si los Gobiernos hubiesen tomado a tiempo las medidas extremas de los groenlandeses, el mundo no estaría inmerso en el caos sanitario y económico en el que hoy se encuentra”.

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