Un docente, en un aula desierta del colegio público Rufino Blanco en Madrid, este miércoles.
Un docente, en un aula desierta del colegio público Rufino Blanco en Madrid, este miércoles.Paco Campos / EFE

El colapso de la actividad que el coronavirus ha traído en la mayor parte de las esferas de la vida económica, social y cultural, ha sido igualmente tremendo en educación. Los ecos y las primeras preocupaciones han sido, lógicamente, sobre el modo de atender lo inmediato: cuándo se retomarán las clases, cómo remediar los efectos de este parón, de qué forma cerrar el presente curso y cómo acceder al siguiente, mejor con las oportunas certificaciones académicas. Todo ello sometido aún al temor y las dudas de posibles contagios.

Es natural que esas sean las prioridades, como lo es tranquilizar respecto a la posible pérdida de curso si las evaluaciones se hicieran prescindiendo del impacto que sobre los aprendizajes haya tenido el cierre de los centros escolares, especialmente entre los alumnos que no han tenido apoyo a distancia, o lo ha sido de un modo muy insuficiente. Encuéntrense, pues, soluciones y medidas prudentes y ajustadas a esta insólita circunstancia.

Sin embargo, hay un más allá, por otra parte bastante próximo. Pensemos que tras el verano —¿en las fechas tradicionales, un poco después?— empieza el nuevo curso. ¿Cómo se va a plantear? ¿Aplicando el patrón normal, con algún refuerzo o repaso que sea una manera de retomar esa normalidad anterior? Bueno, no es poco, se podría decir. Sí, pero. Quiero decir que no está mal, que parece lógico, pero que no debería bastar. Que sería deseable hacer más…

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El impacto sobre la sociedad, la economía y, por tanto, sobre la vida de las gentes va a ser de los que desgraciadamente marcan época. Y la educación no es, no debería ser, solamente una atención de los menores y una mera instrucción y adquisición de más o menos conocimientos. Aspira, debe aspirar, a dar una formación integral a los jóvenes, y este episodio es una obligada lección. Debiera plantearse la pregunta qué debemos hacer a los protagonistas —profesores, por supuesto, para que la trasladen también a los alumnos; niños, adolescentes, jóvenes— ante esta situación. Y derivar una visión, como primera respuesta, de que allí, en la escuela, no solo hay algo que hacer, sino algo importante, y probablemente que no es solo reemprender las tareas como si aquí no hubiera pasado nada. Habrá que hacer más y mejor. Y darle forma. Y sobre todo, ilusionarse e ilusionar con ello, con la tarea a realizar, que no es solo contribuir a la restauración de lo que se hacía, sino de comprometernos a hacerlo mejor.

Para ello no se debiera confundir lo urgente y necesario —¡cómo no atenderlo!—, con lo esencial e irrenunciable. En ese sentido quizás no esté de más hacer un recordatorio y una reflexión.

El recordatorio es que la educación no puede, no debe, renunciar al binomio equidad y calidad. Sin equidad estamos ante un sistema elitista, y sin calidad nos deslizamos por el riesgo de la mediocridad, lejos desde luego de las necesidades formativas de un mundo —y de un momento, este— particularmente exigentes. Un buen planteamiento y un aceptable desempeño de esta ecuación es lo que nos acercaría a los niveles de excelencia a los que el sistema debe aspirar.

La reflexión tiene que ver con la excelencia. Inevitablemente en resultados —conocimientos, competencias, valores—, que se plantean para todos, pues todos están escolarizados y todos deben ser motivados para que lleguen o se acerquen a ella. Pero la individualidad, cada alumno, que al final es el receptor y principal factor de su formación, influye y establece diferencias. Hay que recuperar a los que se rezagan, sí, y eso implica una atención específica, y una organización adecuada del modo de enfrentarla. Pero cuando se hablaba en una reforma de hace casi tres décadas de atención a las diferencias, englobaba también los talentos específicos que hay que cultivar. No se pueden olvidar ni desatender, por el respeto que merecen esos alumnos, por el bien de la sociedad que se beneficiará de sus logros futuros.

No, el igualitarismo es una visión tan inaceptable como el elitismo. La educación tiene el reto, técnico y ético, no lo olvidemos, de manejar la complejidad: no dejar a nadie atrás, descolgado, y a la vez, alcanzar niveles de calidad y atender la creación de talento diferenciado.

¿Estaremos tras la pandemia con ilusión y fuerzas para abordar este desafío? ¿Habrá demanda social, iniciativas docentes, impulso político? Los necesitamos.

Emiliano Martínez es vicepresidente de la fundación Santillana.

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